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El amor entre hombre y mujer

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El amor entre un hombre y una mujer está principalmente en cómo entienden ellos la relación de pareja. Porque las almas que deciden casarse y tener hijos no siempre están de acuerdo en cómo se aman. Muchas de ellas van al matrimonio sin un sentido práctico del amor, es decir, pensando muchas cosas del amor que no son el amor. Porque el amor entre las parejas que van a usar el sexo es distinto a un amor espiritual entre personas que no usan el sexo. Muchas parejas quieren amar a su otra parte como lo pueda hacer un religioso con otro religioso, es decir, espiritualmente. Y aunque también es necesario amar de esta forma, pero no es este el amor entre las parejas.

El amor entre un hombre y una mujer que buscan sus cuerpos para amarse deben tener en cuenta precisamente los cuerpos de las personas, porque éstos van  a ser usados para amar.

Porque un cuerpo es distinto a otro cuerpo, y no sólo en cuanto al sexo, sino también en cuanto a su disposición corporal. Hay cuerpos que por su constitución sirven más para el juego sexual que otros, A cada cuerpo hay que darle lo que necesita en cuanto al sexo. Porque si no se le da esto, la persona sale insatisfecha de la relación sexual. Este dar al cuerpo lo que necesita debe entenderse siempre rectamente, es decir, no se puede dar todo lo que uno quiere, sino siempre dentro de los límites de la ley de Dios.

En estos límites debe entrar siempre la prudencia para no subestimar a la otra parte y darle en consecuencia cosas que no necesita. Es decir, no todos los momentos del encuentro sexual siempre son los mismos. Varía mucho y, en consecuencia, el cuerpo pide una cosa en un momento y otra en otro momento.

Hay que tener en cuenta que los que usan el cuerpo deben ajustarse a sus cuerpos. Deben conocer sus cuerpos, cómo se comportan, qué necesidades tienen en el juego sexual.

Las personas se aman en el cuerpo, no en el espíritu. El cuerpo tiene una resistencia distinta al espíritu. El cuerpo no es el espíritu. El cuerpo se cansa siempre de hacer lo mismo. El cuerpo necesita una sana variación cuando se lo usa en el sexo. Porque el sexo sólo entiende del sexo, no de lo espiritual. Cuando las personas usan el sexo, están usando algo material, algo inestable, algo que goza por momentos, pero que no siempre está gozando.

El amor en el cuerpo es algo tan variable que nunca puede decirse que se haya hecho bien una relación sexual. Porque para una parte a lo mejor ha sido completa, pero la otra parte no quedó satisfecha.

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En el juego sexual las circunstancias y los problemas de las personas inciden en la relación, porque no dejan libertad al cuerpo a moverse como quiere. Lo que turba al cuerpo en el juego sexual es siempre lo referente a cosas espirituales, porque si la persona está en cosas espirituales, entonces no puede estar en la cosa material. El hombre no sabe amar al mismo tiempo carnal y espiritualmente. Tiene que amar por etapas. Primero un poco de espíritu y después otro poco de carne. Así es el hombre para el amor en el sexo. Si se le da siempre carne acaba hastiándose de carne. Pero si se le da sólo espíritu, va a tender a buscar la carne en otro sitio que en su cónyuge.

Las personas que usan el sexo tienen que aprender a amarse tanto espiritual como carnalmente. Muchas parejas deciden sus vidas sólo desde un punto de  vista espiritual, pero sus cuerpos sufren por esto, porque ellos necesitan carne, no espíritu. Y entonces, la relación anda coja, porque ellos se han casado principalmente para usar del sexo.

Este uso del sexo es tan limitado que deben conjugar el espíritu con el sexo para no caer en los extremos. Es decir, en la relación sexual no siempre hay que dar carne a la otra persona. A veces es necesario amar naturalmente, amar con caricias, con besos, amar sin pasión de carne. A veces, aprovecha más ese rato de amor mutuo, pero sin mucha carne, que no la pasión desenfrenada en lo carnal.

Las personas que se casan sienten en ellas el deseo carnal y tienden a la carne siempre en sus encuentros sexuales. Pero deben aprender a atenuar este deseo carnal para que no se lleve el trofeo en el juego sexual.
Porque lo precioso en la relación sexual no está tanto en la penetración de la carne, sino en la penetración de los corazones. Dos corazones que se aman en la carne valen más que dos carnes que se juntan pero sin amor en sus corazones.

El don del matrimonio es tan importante que las parejas deben aprender a amarse. Y esto supone un desprendimiento tal de sus vidas que estén siempre pendientes de lo que quiere la otra parte en el juego sexual. Porque no siempre se quiere lo mismo. No siempre la mujer quiere la penetración; no siempre el hombre desea el sexo de su mujer. Hombre y mujer son personas inteligentes que deben dirigir su deseo carnal hacia el amor, sin quedarse nunca en el mero deseo de la carne.

Hombre y mujer son dos seres que tienen un espíritu inteligente, no son bestias, no son dos cargas de animales, sino que son amor y expresan el amor cada uno a su manera. El hombre lo expresa penetrando a la mujer, pero la mujer lo expresa recibiendo el sexo de su marido. Penetrar y acoger son dos cosas distintas en el juego sexual. No pueden ser iguales. No sienten lo mismo en sus cuerpos el hombre y la mujer. El hombre está siempre a punto para penetrar, pero la mujer no siempre está a punto para recibir, para acoger. Y esto es necesario conocerlo para que el encuentro sea satisfactorio.

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El amor no es cualquier cosa. El amor es siempre inteligente. Trabaja en la luz, en el conocimiento. El cuerpo es ciego. El cuerpo no entiende de amor. Y hay que enseñarle a amar. Una pareja que sólo se mueva en la carne, no sabe dirigir su amor hacia la verdad, porque sólo descansa en lo carnal, sin luz, sin camino para la felicidad.

Un hombre hace feliz a la mujer no porque la penetre y derrame en ella, sino porque sabe darle a esa mujer lo que necesite en ese momento para que ella sea feliz en ese encuentro sexual. Si no hace esto, el hombre podrá gozar él de ese encuentro sexual, pero no su mujer. Hay que amar la carne dirigiéndola hacia lo que ella quiere, no hacia lo que uno quiere. Porque el que ama así sólo se ama a sí mismo, pero no está amando a su otra parte, sino que la está tomando como un objeto sexual.

Hombre y mujer deben entender que el amor entre ellos debe ser algo tan maravilloso que los dos deben aprender a dejarse a sí mismo para encontrar a la otra parte en el juego sexual. Si no se encuentra a la otra parte, entonces todo ha fracasado, porque el amor siempre está en dar al otro lo que él necesita, sin pensar en uno mismo.

Este es el amor entre una pareja que debe ser entendido rectamente. Porque muchos pueden pensar que se puede hacer de todo. Y no es así. Se pueden hacer muchas cosas y muy bonitas en el juego sexual, porque el sexo es algo hermoso creado por Dios. Pero hay que usarlo según las leyes de Dios, no según las leyes de los hombres. Y porque siempre se suele usar según estas leyes, por eso, hay tantos fracasos en el matrimonio. El matrimonio es el amor de Dios que se revela en el juego sexual. Es el amor que cabalga por la carne y que hace feliz a dos carnes unidas en el espíritu. Pero qué pocos han entendido que el Amor es sólo Amor y que cuando se trata de amar en el cuerpo, hay que dejar que el Amor intervenga para que lleve ese juego sexual a la verdad del Amor.

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