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Belleza espiritual de la mujer

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Dic
30
2012

La mujer está hecha para amar, porque Dios ha puesto en ella el amor. Amor significa hacer de la mujer un ser que busca el bien para los demás.

La mujer busca el bien de traer un hijo a la vida. Es un bien, no de ella, sino de esa persona que va a nacer.

La mujer busca agradar a su marido contentándole en todas las cosas. Es un bien para su marido, no para ella.

La mujer busca el bien de su familia, cuidando a sus hijos y educándoles en la religión católica, dándoles la fe y el amor de Dios. Esto hace la mujer porque es amor.

La mujer hace  esto sin esfuerzo, porque la mueve Dios a hacer esto. Esto no significa que la mujer, en este amor, no busque un placer corporal. Tambíén lo busca, pero movida por el amor.

La mujer ama. Todo su cuerpo es para manifestar el amor. Su alma es amor, su corazón es amor. Pero la mujer debe conocer que es amor. Si no lo conoce, entonces la mujer se pierde en su belleza corporal.

Muchas mujeres creen que para amar a un hombre hay que enseñar su cuerpo al hombre. Y esto es un engaño. Porque la mujer que enseña su carne no movida por el amor entonces es carne y no amor.

De esta manera, muchas mujeres se pierden en el encanto de sus senos y de su vagina, en la belleza de su cuerpo, en su delicadeza, en presentarse apta para ser manoseada por el hombre. Muchas mujeres son objetos para los hombres, pero por causa de las mismas mujeres, no por el hombre que utiliza mal su sexo.

La mujer, cuando no conoce lo que es, ella misma se hace objeto sexual. Ella empieza lo que después el varón continúa en el sexo con ella.

La mujer que confunde el sexo con el amor hace del amor algo carnal. Y el amor es siempre algo espiritual, que no puede ser captado por la carne, pero que la carne puede servir de instrumento para revelar ese amor.

El amor nace en Dios, pero la mujer lo posee porque Dios se lo ha puesto en ella.

En su cuerpo, el amor se manifiesta en su vagina. En ella, el amor crea un espacio para el amor. Cuando la vagina alberga el pene, lo está amando. Cuando la vagina mueve el pene, lo está amando. Cuando la vagina recibe la vida que está en el sexo del varón, entonces lo está amando.

Cuando la vagina hace que el hijo nazca en ella fruto de su contacto con el hombre, está amando al hombre que entregó el semen y al hijo que fue concebido.

Y cuando la vagina se abre para dar a luz a ese hijo, entonces la mujer ama en su centro, porque es madre.

La mujer es siempre madre, aunque no tenga hijos.

Es madre, porque está hecha para eso.

La madre es la que ama. Y una madre no puede nunca no amar. Hay en ella un algo que la mueve siempre a amar, a ser un bien para los demás.

La mujer es amor, pero un amor espiritual.  Su belleza espiritual es la belleza del amor que vive en ella. Y esa belleza espiritual se transmite a su cuerpo. Y por eso, su cuerpo es bello, porque bello es el amor.

Es un amor que Dios pone en lo más íntimo del corazón femenino, y que la penetra en todo su ser.

La mujer es amor porque Dios la ha hecho así.

No es la mujer razón, como lo es el hombre.

La mujer no le gusta pensar sino que le gusta intuir, porque esto es lo que hace el amor: ve sin más, contempla sin razonar. Y por eso, la mujer comprende más que el hombre que sólo razona. Porque su conocimiento nace del amor, no de la razón.

Es lo propio del amor: el amor intuye, no razona.

El hombre razona, y por eso no ama y le cuesta amar. Le cuesta ver y contemplar las maravillas de Dios a su alrededor, porque se pierde en sus razones.

Pero la mujer ama porque ama. Ama porque ve. Ama porque contempla la verdad.

Pero qué pocas mujeres son así, porque el mundo, el demonio y la carne las tienen engañadas en aquello que no es amor.

La mujer se empeña en ir contracorriente, en ir contra ella misma. Y se pierde.

La mujer se encuentra en sí misma. Cuando quiera asumir lo que hay dentro de ella, entonces habrá comprendido lo que Dios quiere de ella.

La mujer ama sin dejar de hacer el bien a los demás. No así el varón. El  varón para amar necesita pensarlo dos veces y, por eso, deja de hacer un bien.

Pero la mujer esencialmente es amor. Y nadie puede quitarle eso que tiene. Y cuando la mujer descubre el amor, entonces su belleza se transforma en realidad.  Ya no es la belleza física la que impera, es la belleza del amor la que se irradia por todo su cuerpo. Y entonces, la mujer cuando así ama, no produce en el hombre que la mira ninguma turbación, porque éste la contempla en su verdadero rostro: el del amor.

Por eso, se puede mirar a una mujer que ama, sin pecar, porque lo que se contempla no son sus formas físicas, sino el amor que fluye por todo su ser.

Pero pocos hombres saben captar esta belleza porque sus ojos están habituados a ver y desear lo carnal y no a intuir el amor en la belleza física de una mujer.

Una mujer desnuda es la expresión del amor divino. Pero hay que mirarla buscando este amor divino. Si no se la mira así, se peca.

Y todavía no ha habido una mujer que se desnude para dar al mundo su amor, porque no ha habido una mujer que conoaca lo que es ella.

Hubo una que fue la Virgen María, pero Ella no enseñó su cuerpo al hombre por el pecado.

Es por eso, que ahora no es lícito ver a la mujer desnuda si Dios no actúa en el hombre. Pero esto es una cosa extraordinaria que Dios suele hacer de vez en cuando.

La mujer es amor. Y este amor nunca se ha entendido ni por el hombre ni por la mujer.

Para entenderlo, la mujer debe ser guiada por el mismo Dios para descubrir en ella el amor. Sin esta guía, ninguna mujer descubrirá nunca la belleza de lo que es.

Ella es de tal belleza que el hombre se quedaría boquiabierto al contemplarla. Pero esto se le niega al hombre en este mundo porque no quiso desde el principio contemplar así a la mujer. Quiso el pecado con ella, quiso el contacto carnal fuera de la voluntad de Dios, quiso penetrarla con su sexo para desbaratar el plan de Dios. Y por eso el castigo del hombre consiste en mirar a una mujer y pecar cuando la mira, porque es lo que quiso hacer siempre: pecar con la mujer, no amar su amor.

Si no hubiera sido así, entonces el hombre descubriría en la mujer otra realidad, la espiritual, marcada por el amor. Y el hombre se le caería la baba contemplando en el cuerpo femenino el amor de Dios.

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