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Trabajar una vagina

edeamor

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Ene
08
2013

En una relación sexual, el hombre y la mujer son distintos en su sexo.

El hombre es guiado al sexo por su razón. Él piensa que es bueno estar con una mujer. Él ya sabe lo que es estar con una mujer y le agrada eso que experimenta en su sexo. Y, por eso, para obtener ese placer de nuevo, va en busca de la mujer, aunque haya estado con una mujer hace poco. El sexo del hombre no descansa. Siempre está funcionando. Se mueve a hacer el sexo a pesar de que haya derramado y haya sentido el placer.

Sin embargo, la mujer es distinta. Busca a un hombre, no sólo para sentir un placer en su sexo, no sólo porque ve con su razón que es bueno sentir ese placer, sino porque su sexo lo desea. Y si su vagina no lo desea, la mujer no se mueve. Se moverá por otro motivo, ya sea para complacer al hombre, ya sea por otra cosa, pero no sentirá la pasión del sexo como la siente cuando quiere sexo con un hombre.

La mujer sabe definir más que el hombre cuándo está en el sexo por puro placer y cuándo está en el sexo por amor. Al hombre le cuesta diferenciar ambas cosas, porque siempre está pensando en hacer el sexo para conseguir su placer de hombre. No sabe hacer el sexo para dar un amor con su pene. Se da el amor con el pene trabajando la vagina.

La mujer es sexualmente activa más que el hombre, porque su vagina se mueve a conseguir en una relación algo más que un mero placer sexual.

La mujer sabe que hay algo más en la cama que un simple contacto carnal. Experimenta en su sexo y en su ser sentimientos que el hombre no sabe experimentar, porque el hombre acaba pronto una penetración. Sin embargo, la mujer va más allá del simple orgasmo masculino, va más allá de lo que un pene pueda darle en su vagina. Porque el sexo de una mujer está dentro de ella, no fuera, como en el hombre. Y, por eso, ella siente otra cosa en la relación sexual.

Para la mujer, el orgasmo es diferente y dura más que el orgasmo del hombre. La mujer no siente el placer sexual para derramar, como lo siente el hombre. La mujer experimenta el placer y se queda en ese placer más tiempo que el hombre. El hombre, cuando derrama, se acabó el placer y las ganas por continuar. La mujer desea siempre continuar, llegar a algo más que un simple derrame de semen.

La mujer ve al hombre sólo centrado en su derrame, pero no lo ve centrado en su vagina, en el orgasmo de su vagina. El hombre no sabe entender la vagina, no sabe recorrerla, no sabe penetrarla para dar a la mujer el deseo de su vagina. El hombre tiene que aprender a estar con una vagina, para no quedarse en la mecánica de su sexo: penetración y derrame.

Un hombre rutinario en la cama es aquel que sólo ve la vagina como un hueco para llenarla de semen, como un recipiente para limpiarse de su líquido placentero, como una rueda en donde el pene toma su placer.

El hombre rutinario no ama a la mujer, sino que la usa para su placer de hombre. Y no sabe amarla con su pene, porque sólo quiere derramar su semen en la vagina. No quiere trabajar la vagina.

Un hombre que no se pone como instrumento de una vagina, hace de esa vagina sólo su colección para su placer, pero no el amor de su vida. Así hay muchos hombres que dan a la mujer cierto placer con sus penes, pero no le dan el amor de sus penes.

El pene está hecho para amar a una vagina, no para buscar dentro de la vagina un placer de hombre. Para eso, el hombre -con que se masturbe- es suficiente. La mujer necesita de un hombre que se someta a su placer vaginal y que recorra su vagina como lo quiere ella. No necesita de un hombre cegado en su placer de hombre.

Es, por eso, que son pocos los hombres que saben dar placer a una mujer: el placer vaginal. No saben comprender los deseos de la vagina. Se limitan a penetrar y derramar y después a descansar, como si hubieran hecho algo.

Una mujer que sabe lo que es su sexo, no se limita con un hombre a buscar el orgasmo del hombre. Hace que el hombre quede vacío ante los deseos de su vagina. Que el hombre quede como muerto en su vagina, porque se ha dedicado a penetrarla muchas veces y a derramar, no sólo una vez, sino hasta quedar sin una gota, para darle a esa mujer su amor vaginal, su orgasmo, su deseo de mujer.

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