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Amor carnal en la mujer

edeamor

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Ene
11
2013

La mujer es la que decide siempre una relación. Nunca son los deseos del hombre, porque esos deseos son siempre ciegos y no saben guiar nada. Los deseos del hombre se instalan en el placer carnal, no en el amor carnal. Y lo que es placer sólo tiene el camino del placer, pero no del amor. Y nadie vive del placer, sino del amor.

La mujer, para elegir al hombre de su vida, sólo debe hacer caso a sus deseos de mujer. No debe atender a los deseos del hombre, porque estos deseos siempre están en el hombre, no pueden salir del hombre, no se dirigen hacia la mujer, sino que se quedan en el hombre. Sin embargo, el deseo de la mujer no es como el deseo del hombre.

El hombre desea a la mujer para un rato de cama. No ve más allá el hombre en su deseo. No sabe desear a la mujer para algo más. Su sexo sólo le pide carne, placer en la carne. No le pide otra cosa.

Pero la mujer desea al hombre para algo más. Pero cuando la mujer no sabe para qué más le sirve ese hombre que la desea, entonces no debe hacer nada con él. Debe hacerlo esperar. Debe decirle un no a su deseo de hombre. Si la mujer no hace esto cuando el hombre la desea, la mujer acaba esclava de los deseos carnales del hombre y no puede dirigir esa relación.

Es la mujer la que siempre debe hacer esperar a un hombre. No debe precipitarse con él, porque el hombre no va a cambiar su deseo. Una vez que desea a una mujer, la desea siempre, aunque nunca haga nada con ella. El hombre es muy simple en su deseo: desea a una mujer y hace lo que sea para conquistarla.

La muer, en su no al hombre, ejerce su dominio sobre el hombre. Pone un dique al deseo del hombre y dirige ese deseo hacia lo que la mujer quiere.

En el deseo de mujer, la mujer también siente el deseo carnal hacia el hombre, pero para ella un hombre es algo más que un deseo carnal, que un rato de cama, que un tiempo para el placer.

Un hombre supone un motivo para su ser de mujer, una entrega a alguien que no sólo da una carne, sino una vida. Pero la mujer, antes de entregarse a un hombre, a sus deseos carnales de hombre, tiene que ver lo que es ese hombre. Y no es fácil, para la mujer, descubrir lo que en realidad esconde un hombre en su interior. Porque los hombres son mentirosos siempre con la mujer, ya que van a lo que van con la mujer: a la cama. Van a poseer el sexo de la mujer cueste lo que cueste. Y hacen cualquier cosa para atraer a esa mujer a la cama.

Si la mujer comienza una relación con un no al deseo del hombre, entonces está en camino para comprender la verdad de ese hombre. Y hasta que no entienda qué quiere ese hombre con ella, la mujer debe seguir negándose al hombre, porque en la mujer está el deseo del amor, no sólo el deseo del placer.

La mujer da su vagina para el amor carnal, no sólo para el deseo carnal. El amor carnal es tener a un hombre para una vida dedicada a ese hombre. El deseo carnal es sólo tener a un hombre para un rato de cama. Quien desea carnalmente ya no ama carnalmente. Pero quien ama carnalmente también cumple su deseo carnal con la persona.

El hombre vive para su deseo carnal, no para el amor carnal. No sabe obrar el amor en una mujer. Sólo sabe hacer el sexo con una mujer. No desea amar a una mujer, sólo desea un poco de placer. Y a eso, el hombre lo llama amor, pero no es amor. Porque amar no es dar placer, sino que amar es comprender lo que una persona es para dárselo. Y el hombre, con frecuencia, no ha comprendido lo que es una mujer cuando le presenta su deseo carnal, su deseo de carne. Sólo quiere satisfacer su institno animal con esa mujer, pero no sabe amarla, no sabe darle lo que la mujer quiere.

Una mujer que sepa lo que es su vagina quiere algo más que un rato de cama con un hombre. Quiere llegar con ese hombre a las alturas del amor carnal, en donde el deseo carnal tiene el valor del amor, no del placer. El amor carnal es usar el pene del hombre para alcanzar el orgasmo de la mujer, el placer vaginal, el movimiento de su vagina en el amor. La mujer que sólo mueve su vagina para alcanzar un placer, no llega a su amor vaginal. El amor vaginal se alcanza de placer en placer sin quedarse en uno, sino subiendo por los placeres de la carne hasta entender el amor que le pide su vagina, la forma de amar a un pene en su vagina, la dedicación de su vagina en ese pene.

Y, por eso, no es fácil para la mujer elegir el pene adecuado a su vagina. Cualquier pene da un placer a la vagina, pero no todos los penes saben escalar la cima del placer para llegar al amor vaginal.

Es la mujer la que debe enseñar al hombre lo que ella quiere que él le dé. Y entonces el hombre comienza a amar a esa mujer. Y la relación sexual, el deseo carnal, tiene el sentido del amor.

Pero muchas mujeres acceden a los deseos del hombre sin antes dominar ese deseo. Y así nunca el hombre va a aprender a amar a una mujer. Siempre se moverá hacia ella impulsado por su instinto animal, pero no por amor. Sólo querrá un poco de cama y darle a esa mujer un poco de placer con su pene. Y así la mujer quedará dominada por un pene que sólo sabe dar placer, pero no amor en su penetración de la vagina.

Los hombres se suelen quedar en su penetración, y se alaban de lo que hicieron con una mujer. Pero los hombres no saben trabajar, en su penetración, la vagina de una mujer que quiere algo más que un mero placer de carne.

Hoy las mujeres, al querer ser como los hombres en la cama, terminan esclavizadas a los deseos carnales del hombre y no saben poner un camino al deseo del hombre. Y tiene que esperar a que el hombre las desee para tener un poco de sexo. No saben imponerse al sexo del hombre, no saben dominarlo, no saben decidir cuándo hay que tener la relación y cuándo no.

Para eso es la mujer, para enderezar al hombre en su placer. Para que el hombre dé su placer a la mujer sólo cuando la mujer quiere. No hay otra forma de dominar a un hombre que el de decirle cuándo no puede hacerlo y cuándo debe hacerlo. El hombre debe entrar en la vagina cuando la vagina desea, no cuando su pene lo desea. Esta es el dominio de la mujer sobre el hombre: el dominio de su vagina, de su amor carnal. El hombre domina a la mujer con su deseo carnal, no con el amor carnal.

La mujer, por temor a perder al hombre, a que ese hombre se vaya con otra, entonces accede pronto a los deseos del hombre y no sabe ejercer su dominio sobre él. Nunca una mujer perderá a un hombre por negarle la cama. Al revés, la mujer pierde a un hombre por dejarle desde el primer momento satisfacer su deseo carnal de hombre. El hombre, una vez que ha cumplido su deseo, busca otra cosa, busca una mujer distinta. Porque así se mueven los hombres: sólo en su placer, buscando su placer carnal. Y, una vez que han conseguido el placer que ellos esperaban en una mujer, van hacia otra, para cumplir su deseo carnal. El hombre no sabe pararse en una mujer. Tiene que tener muchas mujeres, hasta que encuentra la que sabe dominar su sexo.

Una mujer que no sabe dominar el sexo del hombre, entonces no sabe lo que es un hombre en su sexo. El hombre, en su sexo, es algo cerrado, incapaz de dar a una mujer ni siquiera algo material. Sólo le interesa su deseo carnal y no sale de ahí. La mujer tiene que descubrir al hombre otros horizontes distintos al deseo carnal. Si no hace eso, pierde a ese hombre.

Si la mujer no pone una meta al deseo carnal del hombre, a su placer de hombre, nunca va a dirigir al hombre hacia la verdad de su vida. Cuando la mujer se comporta como el hombre en su deseo carnal, se cierra, como el hombre está cerrado, a algo más en la vida.

La vida es algo más que un rato de cama, algo más que la experiencia de la carne. La carne no vale para nada. Sólo el amor da sentido al placer de la carne. Y ese amor debe ponerlo la mujer, debe indicar el camino al placer del hombre.

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