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Amar la vagina

edeamor

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Ene
15
2013

El orgasmo de la mujer está escondido en ella. Su placer debe buscarlo de una forma diferente como lo busca el hombre. Su placer no es algo estático en su vagina, no es un punto concreto. Su placer es algo variable, porque el sexo de la mujer es interior en ella. No es algo externo, como en el hombre. El sexo se localiza en su interior y se esparce por todo el ser de la mujer.

Para el hombre es fácil llegar a su orgasmo. Lo tiene siempre en él, no tiene que trabajar para ello. Por eso, el hombre no le gusta masturbarse. Eso le cansa, no encuentra un placer. Lo hace porque no ha conseguido otra forma de llegar al orgasmo, que es siempre su derrame, la eyaculación del semen. El hombre no tiene otro placer en su sexo. El placer, en el hombre, es inmóvil, es siempre lo mismo. Varía sólo en la forma de conseguir su orgasmo.

En la mujer es normal la masturbación y es más común que en el hombre. La mujer siente que debe masturbarse para llegar a su orgasmo que no lo encuentra cuando está con un hombre. Siente el deseo de un placer que no sabe dónde se encuentra en realidad, pero que sabe que está dentro de ella. Esa interioridad hace que la mujer ame su vagina. El hombre no sabe amar su pene o sus huevos o su semen. No los ve como algo interior, como algo propio de su ser. Es algo que cuelga, que está ahí y que no sabe usarlo cuando no hace el sexo.

La mujer sabe amar su vagina, cae en la cuenta para qué sirve su vagina aun cuando no la use en el sexo. Una mujer aprecia su vagina y, por eso, la mujer no se la da a cualquier hombre. No la expone a cualquier pene. La mujer sabe elegir al hombre para su vagina. Una mujer que no sepa elegir su hombre es una mujer que no sabe amar su vagina, no sabe valorar el don de su vagina.

La vagina no es algo más en la mujer. La mujer es mujer porque tiene una vagina. La vagina define a la mujer en su ser. Dios crea a la mujer por su vagina. Dios no crea a una mujer y, después, le da una vagina. Es la vagina el corazón de la mujer, el modelo para crear una mujer. Para Dios el sexo no es algo carnal o material, sino espiritual. Dios es Espíritu. Cuando crea una carne la crea de un modelo en su Espíritu, no de la carne misma.

Un hombre que entra y sale rápido de la vagina de una mujer, hará que la mujer después busque la forma para llegar a lo que no pudo con el hombre. Muchos hombres dejan insatisfechas a sus mujeres por la forma como tienen de penetrarlas y de hacer con ellas el sexo. El hombre tiene que aprender de la mujer el sexo. Si no, se convierte en un hombre que sólo busca su placer de hombre, pero que no lleva a la mujer al placer de su vagina.

La mujer necesita un hombre que sepa usar su sexo de mujer para llevarla a donde ella quiere. El hombre que sabe usar una vagina es el hombre que sabe amar la vagina como la ama una mujer. Los hombres usan a la mujer como un objeto en la cama. No saben hacer otra cosa con ella, porque su pene trabaja de esa forma. El pene es para dar placer a la vagina. Pero no para dar amor a la vagina. No sirve para otra cosa sino para el placer. Ese dar placer hace que al hombre le agrade estar dentro de la vagina, ya no para darle el placer a la mujer, sino para buscar su propio placer de hombre. Por eso, los hombres acaban siempre usando a la mujer, pero no saben amarla. La mujer se queda insatisfecha de un hombre que sólo vive para el placer de su pene, pero que no sabe dar el placer de la vagina, el placer que la vagina quiere en su interior.

El placer vaginal es un placer interior, no exterior. No se llega a él por el trabajo del pene en la vagina. Ni por el tocamiento del clítoris, ni de los labios de la vagina, ni por la penetración anal, ni por una postura. Todo eso puede ayudar a buscar el placer vaginal. Pero el placer vaginal no es un rato de cama, no es el deslizamiento del pene, no es frotar el clítoris, no es encontrar el punto G. Es dar a la vagina el placer que ella busca en una relación sexual, que ella siente en esa relación. Lo que siente en su interior la mujer en una relación eso debe hacerse en la vagina. Y, entonces, hay que saber penetrar de la forma como la mujer quiere. Y hay que saber frotar el clítoris en el momento adecuado que ve la mujer. Y hay que buscar la postura propicia para llegar a ese placer. Y hay que saber mover el pene por las paredes de la vagina. Es un trabajo en el sexo que, cuando se tiene prisa por hacer el sexo, se descuida, porque se va a lo que se va. Se va a tener un placer entre el pene y la vagina. Pero no se va a tener un amor entre el pene y la vagina. Y el amor es lo que cuesta siempre en una relación sexual. El placer no cuesta conseguirlo.

La vagina de la mujer se une de forma única al pene. No es una unión sólo de carne, es una unión en la que el pene hace uno con la vagina. Es una unión espiritual, que ni los hombres ni las mujeres saben apreciar si no son espirituales.

Para eso es la vagina: es el sagrario del pene. No es otra cosa. No es un hueco más en la mujer por donde el hombre penetra para hacer su cosa. Es algo más. Los hombres se quedan en el hueco de la vagina, en el objeto de la vagina, y no ven que sin la vagina, tal como ha sido creada, el pene no podría hacer la función que hace. El pene puede introducirse en el hueco del ano, pero no hace la función para lo cual ha sido concebido. La función del pene es dar placer a la vagina, no al ano. Para eso sirve el pene. Y el pene tiene todo lo necesario para llevar a la vagina a su placer vaginal.

La vagina es para el pene. En la vagina, el pene adquiere su forma y da a la mujer aquello que la mujer tiene en su vagina. Por eso, la vagina es para que un hombre sea hombre, para que el hombre adquiera lo que es en su sexo, que no puede serlo si penetra otros huecos. Un hombre es hombre porque derrama en una vagina. No es hombre cuando derrama en un ano. El hombre ha sido creado para la mujer, no para el hombre. El pene es para la vagina, no para el ano.

Un hombre no es hombre, según su sexo, cuando penetra el hueco de un ano, sea éste de una mujer o de un hombre. Porque el pene del hombre no está hecho para el ano, sino para la vagina. Sólo la vagina puede dar valor al pene. No es el ano el que da importancia al trabajo del pene. Es la vagina la que hace que un hombre sea lo que es en su sexo. Hoy los hombres no saben amar su pene y lo usan de cualquier manera. Y hacen eso por el apego a su placer carnal de hombres, por estar atados a su orgasmo masculino, a su eyaculación. Y no saben desatarse de eso. Sólo una mujer da un camino al placer del hombre. El camino está en su vagina. Ahí el hombre aprende a amar a una mujer y a valorar su sexo de hombre. Fuera de la mujer, el hombre se pierde en el placer de su sexo.

La vagina de la mujer es un recinto para albergar al hombre. La mujer lo alberga de muchas maneras: cuando concibe al hijo, cuando crece en ella, cuando mete a un hombre en su vagina. El hombre es de la mujer. No es la mujer del hombre. No pertenece la mujer a un hombre, sino que es el hombre el que depende de la existencia de la mujer. El hombre tiene que estar sometido a una mujer para ser hombre. Cuando se somete a otro hombre en el sexo deja de ser hombre y se convierte en otra cosa.

El hombre nace de mujer. El hombre se desarrolla en la mujer. El hombre se hace hombre en la mujer. La mujer da al hombre su valor de hombre. Eso es su vagina. Por eso, una mujer que no ama su vagina, tampoco sabe amar a un hombre. Muchas mujeres coleccionan hombres para su vida sexual y no son capaces de amar a ninguno de ellos, porque no han sido capaces de amar primero a su vagina y dar a su vagina el valor que Dios la ha dado.

Ese valor es algo espiritual, no es algo material. La vagina, para Dios, no es sólo para lo material del sexo, lo natural del sexo, lo humano del sexo. Sino que es, ante todo, para lo espiritual de la vida. Dios pone en la mujer un amor hacia el hombre, un camino para el hombre, una vida para el hombre. Y lo pone en su vagina. Eso que pone es algo espiritual, que sólo se puede comprender si la persona vive de Espíritu, no sólo vive para la humano de la vida o la material o carnal de la vida.

El hombre recibe de la mujer su espíritu, su forma de mujer, su vida de mujer, en su vagina. Porque el sexo de la mujer no es algo que cuelga, como es el del hombre, es algo que está dentro de la mujer, que pertenece a la mujer. Por eso, la vagina es para el hombre un misterio que debe penetrar. Y hasta que no la penetra, el hombre no la conoce. No llega a captar ese misterio viéndolo con sus ojos. Un hombre no se queda satisfecho al ver una imagen de una mujer. El hombre necesita penetrarla. Pero debe penetrar a una mujer con amor, no sólo por el deseo carnal. Es lo que los hombres no saben hacer y, por eso, se quedan sólo en penetrar la vagina, pero, después, no saben penetrar el corazón de esa mujer.

Por eso, la vagina es tan importante para el hombre. Es el sagrario para su vida de hombre. Es el camino para su camino de hombre. Y es el amor para su amor de hombre.

Un hombre sin mujer no conoce lo que es la vida, ni sabe caminar por la vida, ni atiende a lo importante de la vida, que es el amor de una mujer.

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