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Desarrollo espiritual del matrimonio

creaciondelserhumano

“Y formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida, de modo que el hombre vino a ser alma viviente”(Gn 2,7)

Dios creó al hombre del polvo de la tierra, es decir, que usó la tierra para modelar al hombre.

Dios no crea al hombre de la nada, sino de algo que ya había sido creado por Él. Ese algo da a la nueva creación del hombre lo propio de lo que antes fue creado, en este caso, lo material de la vida.

Dios crea algo material, pero infunde en eso una vida que no es materia. Da a la materia una forma de vida, de existencia que la materia no tiene por sí misma.

“Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza…” (Gn 1, 26)

Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, como Dios Es, no como la idea que Dios tiene del hombre. Una cosa es la idea del hombre, otra cosa es la forma de crearlo. En Dios son cosas distintas.

Si Dios hubiese creado la idea del hombre, no lo hubiese hecho a su imagen y semejanza, sino otra cosa. Hubiese creado una naturaleza humana, pero sin lo propio de Dios, que es el Espíritu. Dios crea al hombre con un espíritu, para asemejarlo a Él.

“…vuestro espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo…” (1 Ts 5, 23)

Por tanto, el hombre no es sólo alma y cuerpo, que eso es sólo la idea del hombre, sino también espíritu. El hombre se compone de espíritu, alma y cuerpo.

“varón y mujer los creó” (Gn 2, 8)

Cuando Dios crea al hombre no crea sólo al varón, también a la mujer. Pero la mujer es creada después, cuando el hombre ha comprendido lo que es ante Dios.

“Y plantó Yahvé Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado” (Gn 1, 27) (cf. Gn 2, 15) (cf. Gn 2, 19)

Por eso, Dios muestra al hombre la Creación y hace que el hombre dé nombres a lo que Dios ha creado. Así, Dios pone la tarea al hombre, su trabajo en la vida, que es ocuparse de todo lo material.

Pero el hombre, en todo lo que Dios ha creado, no encuentra algo semejante a él. Y es cuando Dios crea a la mujer.

“De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre, formó una mujer…” (Gn2, 22)

Pero la crea de la costilla del varón, no de la tierra. Así, Dios va a significar que la mujer es distinta al hombre. Ya no es materia, ya no es polvo, ya es del hombre, de lo que es el hombre.

La mujer es la forma del hombre en su ser, es la que contiene al hombre, es el sagrario del hombre. De esa manera, el hombre tiene un refugio, una casa, una habitación donde poder vivir, caminar, ser en la vida. Por eso, la mujer, en su sexo, es distinta al hombre. Es una abertura para que el hombre pueda entrar, es una puerta para que el hombre conciba en ella la vida.

La mujer es creada del costado del hombre. Significando, así, que la mujer es el corazón del hombre, es la vida del hombre, es el amor del hombre. El hombre no puede amar sin mujer, sin que la mujer le enseñe el amor. El hombre no ama de Dios, no es enseñado por Dios lo que es el amor a una criatura. El hombre, aprende de la mujer, este amor. Y sin la mujer, el hombre no sabe amar ni a Dios ni a la criatura.

“la mujer es la gloria del hombre…” (1 Cor 11,7)

Dios pone el amor en la mujer para que el hombre entre en ella y aprenda en ella el amor. Esa es la razón del sexo de la mujer. La mujer, en su sexo, es amor. El hombre, en su sexo, es placer, no amor. Y va hacia la mujer con placer, no con amor. Entra en ella desde el placer y buscando sólo el placer. No busca el amor, porque no sabe amar con su sexo. Con su sexo sólo sabe gustar la mujer, gustar un cuerpo, darse placer.

El hombre entra en la mujer por placer y, en ella, encuentra el amor. El amor, para el hombre, no está en lo exterior de la vida, no está en la Creación de Dios. Dios puso al hombre en el Paraíso y no encontró en él el amor. Dios creó a la mujer y vio en ella el amor.

La mujer creada por Dios es la mujer que ama. Toda mujer ama, porque Dios ha puesto en el ser de la mujer su amor.

Este amor es algo creado por Dios para la naturaleza humana. No es el amor de la Gracia, ni el amor del Espíritu, ni el amor de Dios. Es el amor para el hombre y para la mujer. Y sin este amor creado, el hombre no es capaz de amar ni a Dios ni a ninguna criatura.

Dios crea un espíritu de amor para el hombre. Ese espíritu es puesto en la mujer, como la que porta el amor. Ese espíritu de amor es diferente al espíritu que todo hombre tiene. Es el espíritu creado para la mujer, para que la mujer lo dé al hombre cuando éste entre en ella con su sexo.

Este espíritu de amor no se da al hombre al corazón, como el amor de la Gracia, del Espíritu y de Dios, sino que se da a la vida sexual del hombre.

La mujer, en su vida sexual es amor. Pero el hombre, en su vida sexual, no es amor, sino placer. El hombre tiene que penetrar a la mujer en su sexo para recibir este espíritu de amor. Si no la penetra, no puede recibirlo y el hombre no sabe amar.

Dios pone el matrimonio, no sólo para tener descendencia del hombre, sino para formar su Reino de Amor.

Este Reino de Amor es muy variado y el ser humano pertenece a Él. Es el Reino de Dios, integrado por todo aquello que Dios ha creado y que tiene un fin divino en su vida.

Dios quiere al ser humano en ese Reino, pero pone unas condiciones para estar en ese Reino. A ese Reino no se entra porque se es hombre o mujer, sino porque el hombre o la mujer realizan en su vida la Voluntad de Dios, el Plan de Dios sobre ellos.

El hombre tiene que aprender de Dios cuál es este Plan para su vida. Es la razón de su existencia en la tierra. En el Paraíso, el hombre conocía este Plan, pero en la tierra ningún hombre sabe, desde que nace, el Plan de Dios sobre él. Lo va conociendo poco a poco y lo obra sólo en la Voluntad de Dios, no en la voluntad humana.

Con el pecado del hombre, el Plan de Dios sobre el matrimonio es distinto al original. El original no puede darse en una economía de pecado. Dios pone otro plan en el matrimonio, que no lleva al Plan original que Dios tiene sobre el matrimonio, pero que es un camino hacia lo que Dios siempre pensó del matrimonio.

El matrimonio en una economía de pecado no sirve para dar el amor. El hombre, cuando penetra a una mujer, no recibe el espíritu de amor, sino otros muchos espíritus que la mujer tiene por el pecado original y por sus pecados personales. Y, por tanto, el hombre no aprende de la mujer lo que es el amor, porque no puede recibir el espíritu de amor. El Plan originario se cambió por otro. Y, en ese nuevo plan, hombre y mujer se unen en matrimonio, pero no son capaces de amarse como Dios quiere, porque falta el espíritu de amor.

Sólo la Virgen María tenía ese espíritu de amor, pero el matrimonio con San José fue distinto, porque se obraba en una economía de pecado, no de santidad, de justicia original. Dios quiso un matrimonio especial entre ellos dos para que se diera sólo la Voluntad de Dios en ese matrimonio.

“Mas sin no guardan continencia, cásense; pues es mejor casarse que abrasarse” (1 Cor 7, 9)

El matrimonio, en este plan de salvación, no sirve para dar el amor, pero sí sirve para la Misericordia de Dios. Porque, en una economía de pecado, sólo puede darse la Misericordia y, en Ella, el amor.

Pero este amor es muy variado en Dios. Dios es Amor, pero no es cualquier amor. No es como el hombre comprende el amor. El Amor de Dios es otra cosa que la palabra humana no sabe explicar. Y cuando Dios crea la naturaleza humana la crea para un amor de esa naturaleza, no la crea para algo general, algo universal, algo no concreto. Y el hombre, al pecar, se hace indigno de este amor para su naturaleza humana. Y sólo queda la Misericordia con él.

En esta Misericordia, se da el amor de Dios, el amor de la Gracia y el amor del Espíritu, pero no puede darse el espíritu de amor en el matrimonio. Dios, para dar este espíritu, necesita hacer otra cosa en el ser humano. Llevarlo hacia el Plan original en el Paraíso. Y, mientras el hombre viva en esta tierra, no puede darse el Paraíso y, por tanto, tampoco el Plan original sobre el matrimonio. Era un plan para el Paraíso, no para fuera de Él.

Por eso, el matrimonio, en esta economía de pecado, no funciona, ni siquiera con la Gracia Sacramental del Matrimonio. La Gracia ayuda al matrimonio, pero no pone el espíritu de amor en la mujer. Y si la mujer no da el amor, el hombre no sabe amar en un matrimonio. Sólo se queda en su placer y hace su vida de placer con la mujer.

El hombre, para amar lo que Dios quiere en un matrimonio, tiene que recurrir a la Gracia que le enseña lo que es el amor. No se lo enseña la mujer, porque la mujer no posee ese espíritu de amor. La mujer posee otros espíritus por el pecado.

Si la mujer no es espiritual, esos espíritus hacen el camino errado para ella y para el hombre al cual se une en matrimonio. Y, entonces, la mujer no conoce de Dios el camino para el amor en un matrimonio.

Para la mujer es muy difícil el matrimonio en una economía de pecado porque el hombre se dedica a su placer sexual, pero no atiende el corazón de la mujer. La mujer tiene que luchar contra el hombre y su placer sexual para que éste atienda a la verdad del matrimonio. Y la mujer, si no es espiritual, no sabe hacer eso y obra un matrimonio humano, pero no divino. No sabe usar la gracia del sacramento y así anula el matrimonio para el amor que Dios quiere de ambos.

“Si te casares, no pecas; y si la doncella se casare no peca. Pero estos tales sufrirán en su carne tribulaciones” (1 Cor 7, 26)

El matrimonio, aun con la Gracia del sacramento, resulta imposible de llevar según la Voluntad de Dios. Ninguno de los dos sabe santificar al otro, sabe darle un camino verdadero, el que Dios quiere de cada uno viviendo juntos.

Con frecuencia, se da al matrimonio un carácter para la vida humana, pero no para la vida de santidad o espiritual. Es difícil la santidad en un matrimonio porque los dos andan buscando las cosas de la vida humana, pero no buscan las cosas del Señor. Así, los dos están divididos en su corazón y desunen el matrimonio.

Un matrimonio para Dios no se puede dar si los dos no están desde el principio con Dios y buscan en Dios Su Voluntad. Si cuando se casan sólo obran lo humano en su matrimonio, después de ahí no surgirá lo que Dios quiere en ese matrimonio, porque ningún bien humano da el bien divino.

Sólo obrando el bien divino se obra en lo demás el bien que el hombre quiere en su vida humana. Sólo Dios sabe hacer el bien para el hombre realizando su bien divino. Y es los que se casan lo que deben buscar en el matrimonio: el bien que nace de Dios, el fin divino a su vida humana en el matrimonio.

Pero los hombres ponen sus fines humanos a su vida humana y luchan y trabajan por esos fines humanos, creyendo que hacen algo por Dios u obran en algo la Voluntad de Dios. Y sólo se dedican a lo suyo humano y en los suyo humano se quedan. Después, Dios saca de los bienes del hombre una salvación misericordiosa, pero no la que santifica al hombre. Porque ninguna obra humana da la santidad al hombre.

El matrimonio, aun con la Gracia, sólo sirve para salvarse, pero no para santificarse. Es muy difícil la santidad en ambos si los dos no la buscan por sí mismos antes de casarse.

Dios crea al hombre y a la mujer en el Paraíso y esa unión es perfecta. Por eso, se hacen una sola carne, porque son un solo espíritu y una sola alma.

Pero fuera del Paraíso, no es posible esta unión perfecta, sino una muy imperfecta, dependiendo del estado espiritual del hombre y de la mujer.

Con el pecado, no hay amor. El hombre pecó y el hombre eligió una vida de pecado en todo, no sólo en su matrimonio, también en todo los demás. Por eso, Dios no da la Gracia al hombre hasta que Su Hijo Jesús no se encarna. No hay amor de la Gracia en el pecado. Tampoco se da el amor de Dios al hombre, porque ya no vive en el Paraíso. Vive en una tierra donde no hay amor, donde no se obra el amor, donde no se vive el amor. Y no se da el amor del Espíritu, porque sin la venida del Espíritu, el hombre camina sin la verdad de su vida, eligiendo caminos que no le llevan a ningún sitio, sino que hacen de su vida algo oscuro y extraño.

Dios dio Su Gracia y Su Espíritu al hombre con su Hijo Jesús. Pero, aun así, el hombre no sabe obrar el amor de Dios en su vida. Vive en un mundo que no es propicio a la Gracia y al Espíritu. Vive en un mundo que no reconoce la Obra de Dios en todas las cosas. Por eso, el matrimonio en esta economía de salvación, necesita más que la Gracia y el Espíritu para que se dé en él la Voluntad de Dios.

Sin el espíritu de amor que Dios puso en la mujer cuando la creó, el matrimonio sigue cojo en un mundo que no sabe apreciar la unión entre hombre y mujer, sino que se inventa muchas uniones, muchos matrimonios, para que entre hombre y mujer se use los sexos como ellos quieren, no como Dios lo quiere en su creación.

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