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Obediencia en los cónyuges

cabezamatri300

“Las mujeres, sujétense a sus maridos en todo como al Señor, porque el varón es cabeza de la mujer, como Cristo Cabeza de la Iglesia, Salvador de su Cuerpo.”(Ef 5,22)

La obediencia de los cónyuges es al Espíritu Divino. Y, en Él, Dios pone un orden en el matrimonio. Un orden que supone que los dos obedecen primero a Dios. Si no se da esto primero, tampoco se da ese orden.

Con frecuencia, los hombres apelan a este pasaje para imponer a sus mujeres su mente humana, sus razones de su soberbia humana. Y eso que piensan no viene de Dios, sólo es el invento de sus mentes. Y, por tanto, no puede darse la obediencia de la mujer al marido.

Obedecer no es esclavizarse a una forma de pensar humana, por más buena que sea. Esa obediencia no existe en Dios, sólo en el hombre.

Por el pecado original, el hombre nace en desobediencia y vive de esa forma, sin obedecer a Dios. Sólo obedece a su razón humana y, por tanto, se esclaviza a su razón humana.

Dios pone un orden en el matrimonio para que los dos aprendan a obedecer a Dios, no a cada uno.

Dios dirige tanto al hombre como a la mujer en el matrimonio. Dios no sólo da luces al hombre, sino también a la mujer. Y, con frecuencia, se da más a la mujer, por ser el amor en el matrimonio.

Pero los hombres nunca han comprendido cómo Dios dirige a las almas y han creido formar una obediencia a Dios y al prójimo que no es obediencia real.

Cuando Dios habla al corazón, Dios da Su Voluntad al alma. Y nadie, en su razón humana, puede medir las hablas de Dios. Nadie puede interpretar, a su manera humana, lo que dice Dios al alma, porque nadie tiene la Mente Divina, nadie sabe cómo piensa Dios. Y, por lo tanto, Dios no se ajusta a la interpretación de Su Voluntad por parte de ningún hombre, porque ningún hombre sabe dar la Voluntad de Dios.

Dios quiere la obediencia del hombre a Dios y, después, al otro. Pero la obediencia al otro está condicionada por lo que dice Dios al alma.

Dios habla primero al alma, después pide una obediencia, pero no ciega o absoluta al otro, sino en su habla al alma.

El alma, primero, tiene que obedecer a Dios y, en esa obediencia, la obediencia al otro sin salirse de la obediencia a Dios.

Si no se hace esto, si se deja la obediencia a Dios por seguir la mente de un hombre, entonces no existe ninguna obediencia. Sólo existe la razón del hombre que quiere imponer su juicio al otro, y decir que ese juicio es divino y señala la Voluntad de Dios. Esta es la soberbia más fina que el hombre tiene en su mente humana.

Se obedece primero a Dios y, sin dejar esta obediencia, se obedece al otro. Este es el orden divino: primero Dios, después el hombre. No es primero el hombre y, después, ya se verá si se obedece a Dios o no. La verdad está en Dios, no en lo que piensen los hombres. Se vive de lo que Dios da, no se vive de las razones de los hombres.

Y, por tanto, se necesita en el matrimonio también este orden en los dos.

Cada uno ve en Dios lo que Dios quiere para el otro y se lo hace saber al otro. Si el otro acepta lo que Dios quiere, entonces se da la obediencia en el matrimonio. Entonces, el hombre es cabeza de la mujer.

Pero, si uno de los dos, sea hombre o mujer, no acepta del otro lo que Dios quiere, entonces no hay obediencia en el matrimonio, no hay un orden divino, sino que habrá un conjunto de pareceres humanos y cada cual seguirá el suyo.

Y sin obediencia en el matrimonio, entonces ni el hombre ni la mujer pueden mandar sobre el otro. Ninguno está sujeto al otro y no puede darse la verdad de ese matrimonio.

Todo está en obedecer a Dios. Y lo demás viene por esta obediencia.

Y esto es lo que ni hombre ni mujer hacen en sus matrimonio y, claro, después se da la imposición del hombre hacia la mujer, diciendo que es cabeza del matrimonio, y la infidelidad de ambos al amor divino, obrando en su matrimonio en los caminos del hombre y con los fines humanos.

Por eso, es tan dificultoso el matrimonio, porque suele faltar esta obediencia a Dios y todo es obedecer a los caprichos de los hombres y ver la vida como los hombres la ven. Y, de esa manera, la gracia del sacramento no puede darse porque falla en su raíz: en la obediencia a la vida divina que Dios da al matrimonio.

Y sin vida divina, la vida humana sólo transcurre por sendas de destrucción y de anarquía, que es lo que se ve en muchos matrimonios, que no saben hacer en nada la Voluntad de Dios.

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