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El alma humana

El alma humana no es espíritu, pero es algo espiritual.

Creada por Dios, no del polvo, no de la materia, sino del espíritu. Y, por tanto, su esencia es algo que viene del espíritu, pero no tiene el ser del espíritu.

El alma humana es creada para un cuerpo. No puede estar sola. No puede vivir sin cuerpo.

El alma necesita el cuerpo para obrar. No puede pensar si no está en el cuerpo. No puede elegir si no está en el cuerpo. Nada puede hacer si no está en el cuerpo.

Por tanto, el alma del hombre no es algo que se desprenda del cuerpo. No puede. Está sujeta al cuerpo hasta que la muerte separa alma y cuerpo.

Y el cuerpo no tiene vida sino en el alma. El cuerpo no puede funcionar sin alma. Su sangre, su corazón, sus órganos corporales no se ponen en movimiento si falta el alma.

Pero el alma, siendo la vida del cuerpo y viviendo para un cuerpo, necesita una vida, que se la da el espíritu.

El espíritu es la vida del alma. Y el alma es la vida del cuerpo. El alma obra en el cuerpo, no fuera del cuerpo. El espíritu da vida al alma y, por tanto, también al cuerpo.

Sin espíritu, el alma no podría unirse a un cuerpo. Porque el alma, por sí misma, no tiene vida. La recibe del espíritu y da esta vida al cuerpo al cual se une.

El alma es para que el hombre pueda obrar en su vida humana, natural, carnal, material. Es sólo para eso. El alma no es para la vida espiritual. El hombre no conoce el mundo del espíritu con su razón humana, desde los ojos de su humanidad. El hombre es hombre solamente cuando se queda en su humanidad. Y, por eso, la ciencia humana no sirve para explicar ni el alma ni el cuerpo del hombre. Sólo llegan a un conocimiento natural, raciona, pero no al conocimiento verdadero que sólo Dios puede darlo.

Por eso, las dificultades que todo hombre experimenta en su vida en cuanto a su alma y a su cuerpo, los hombres sólo lo pueden resolver de forma limitada, nunca de forma plena. Nunca en la ciencia humana habrá una solución definitiva a cualquier enfermedad o problema del hombre. Sólo en el espíritu existe esa solución, pero Dios la da como quiere, a quien quiere y cuando quiere.

El alma humana es para dar al hombre la libertad de su naturaleza humana. El hombre es libre por su alma. Y, por tanto, su mente es libre y su voluntad es libre. Sin el alma, el hombre carecería de libertad, estaría sujeto sólo a Dios, sin poder decidir en su vida.

Pero Dios hace las cosas bien para que el hombre, siendo una criatura de carne y hueso, pueda acceder al mundo del espíritu en su libertad de hombre. Este es el misterio del hombre. Y el hombre no tiene otro misterio que éste que sólo en Cristo se resuelve.

La Encarnación del Hijo de Dios hace del hombre un ser para un Espiritu. Y, por tanto, el hombre puede estar con Dios como Dios está con Él Mismo. Y todo lo humano está en Dios asumido. Y nada hay del hombre que Dios deje al arbitrio del hombre.

Por tanto, el hombre con su alma tiene capacidad de entrar en Dios. Y este es el misterio del hombre. Porque nada carnal, material, humano, natural, puede entrar en Dios. Sólo Dios sabe abrir las puertas de su divinidad a una criatura humana. Y, por eso, Dios pone al hombre una serie de mandamientos para poder entrar en ese recinto divino. Una Ley Divina que está escrita en el espíritu humano y que se irradia en su alma y cuerpo humanos. Y, de esa forma, el hombre accede a lo espiritual siguiendo esa Ley Divina.

Pero el alma humana debe acceder a lo divino libremente, sin coacción. Y, por eso, es libre. Y si el hombre no quiere seguir a Dios en su vida humana, Dios respeta esa decisión y el hombre está en su humanidad. Y hará cosas buenas en lo humano. Y hará prodigios en lo humano. Pero nada de lo que hace en lo humano le servirá para salvarse ni para comprender la verdad de lo que es en su natrualeza humana.

Sólo si se abre a Dios, entonces todo lo humano tendrá valor para Dios y lo que haga en su vida humana, Dios lo tomará para enseñarle la verdad de lo que es.

Todo en la vida del hombre está en darle a Dios la libertad. Una vez que se da, Dios guia al hombre en todas las cosas de su vida. Y no hay pérdida ninguna. Pero hay que ofrecer a Dios lo más ínitmo que tiene todo hombre, que es su libertad humana. Si no se ofrece, el hombre y sus obras nada valen a los ojos de Dios.

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