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La inteligencia en el amor

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El amor de un hombre hacia una mujer consiste en amarla según su sexo. Porque amarla según el sexo del hombre es no hacer nada en la relación sexual. Es decir, es sólo buscar el placer del hombre y nada más.

La mujer en su sexo es más fría que el hombre. Fría en el sentido que no siente la fuerza como la siente el hombre en su fuerza. Le cuesta más llegar a esa fuerza y mantenerse en ella. Esto debe tenerse en cuenta a la hora de una relación.

En la relación, la mujer tarda en llegar al orgasmo y hay que esperar a derramar hasta que ella llegue. Pero este esperar del hombre debe ser entendido en que el hombre debe ayudar a la mujer a que ésta consiga el orgasmo. Debe ayudarla dentro de los límites de lo permitido por la ley de Dios.

El hombre puede en su sexo ser más intransigente en la relación porque su sexo busca el placer enseguida. No sabe esperar, no sabe poner ciertos límites a su deseo carnal para así amar a la mujer. El hombre es más carnal que la mujer en el sentido que su fuerza en el pene está dispuesta siempre para la penetración. Su sexo busca sexo, no espera a otra cosa. En este sentido, muchos hombres se olvidan que en la cama antes es el amor hacia una persona que el placer con ella. Esto los hombres lo pierden de vista enseguida que empiezan una relación, porque no saben moverse dentro del amor, sino de lo carnal. Un hombre es muy difícil que sea cariñoso con la mujer. No entiende de eso. Entiende de carne y de poco más. Siempre hay sus excepciones como en todo. Pero el hombre, en general, es un ser en su sexo, cerrado, con un solo objetivo: su placer. Esto hace que el hombre se angustie por la espera y tienda a terminar pronto un encuentro sexual. Si él quedó satisfecho, entonces no hay que hacer más.

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Con esta perspectiva, el hombre no ayuda a la mujer a buscar el sexo en el encuentro sexual. La mujer, al principio de la relación, generalmente, está fría en su sexo,  y necesita algo de preparación antes de la penetración. Porque penetrarla fríamente hace que ella se retraiga del sexo y acabe por no gustarlo como conviene a su sexo. Entonces, el hombre debe aprender a ser amante de su mujer, no carnal con su mujer. Amante significa que con caricias, abrazos, masajes, etc., va a ir calentando a su mujer hasta que ella se sienta con la fuerza en su sexo para empezar la penetración. Esto tan sencillo de hacer cuesta al hombre realizarlo porque él es cerrado en el encuentro sexual. La mujer es abierta, la mujer entiende su sexo y sabe que hay que esperar a la penetración. Sabe que hay que tomar las cosas con calma, sabe cuando es necesaria la carne, porque ella siente menos el impulso del deseo carnal que el hombre.

El hombre siempre está en el deseo carnal. Es como si viviera para eso. El hombre se ciega en la carne. Pero la mujer, no. La mujer sabe que la carne tiene su momento y sabe esperar y encontrar ese momento. Y, por tanto, siente más gozo que el hombre en la relación sexual, porque la espera trae siempre su fruto. Pero el que se  precipita al goce, goza siempre con prisas y no sabe sacar el gusto a eso que ha hecho.

Sólo la persona que utiliza su inteligencia sabe cómo llevar su sexo para hacer que la otra parte se sienta a gusto en la relación. La persona tiene un cuerpo que debe ser usado como conviene, no de cualquier manera. La mujer lo usa para encenderse en el sexo. Pero el hombre lo usa para el placer. Son dos diferentes formas de hacer el amor. Porque quien hace el amor pensando en el placer no puede pensar en el amor, porque busca carne solamente. Pero quien hace el amor pensando en recibir el placer, entonces puede amar a la otra parte porque busca el amor y no el placer. El placer lo consigue después de un tiempo y sabe esperar ese tiempo.

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Hombre y mujer son distintos en la relación sexual porque sus sexos trabajan de diferente forma uno de otro. Y todo consiste en que el hombre trabaje en contra de su sexo y la mujer en contra del suyo. Para hacer esto, el hombre debe darse más a ser amante y no carnal, y la mujer, más carnal que amante. Si se hace esto, entonces los dos consiguen el trofeo en esa relación sexual, porque habrán sabido amarse como hombre y mujer, no como animales.

El amor entre un hombre y una mujer nacen de dos cosas muy importantes. La primera es la consecución de un fin entre ellos. La segunda: el agrado mutuo entre ambos.

La primera cosa supone que hombre y mujer trabajen para que sean en la relación una sola cosa, tanto en el cuerpo como en el alma. Es decir, se juntan en el cuerpo porque quieren algo del cuerpo, porque buscan el fruto de ese encuentro de los cuerpos. Dos personas que se juntan en el cuerpo pero que rechazan el fruto, es decir, los hijos, entonces no han comprendido para qué sirven sus sexos. Por eso, hombre y mujer se unen para un hijo. Y este el fin primordial en el matrimonio. Y sin este fin, toda relación sexual se queda coja.

La segunda cosa consiste en que ambos son dos para un solo corazón. Es decir, ellos se juntan en el cuerpo porque se quieren, no porque son objetos del sexo. Son personas que se quieren decir algo uno al otro con el cuerpo. Y esto es el amor. No son dos seres extraños, sino que su relación se fundamenta en algo carnal para que el amor cabalgue por todas sus vidas con el deseo de la unión de los corazones. Dos personas que no se conozcan en su intimidad espiritual, el sexo les sirve sólo de pasatiempo o de ocio, pero no será caldo de cultivo para su acercamiento en el amor.

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Hombre y mujer se deben amar para un fin de amor mutuo, de intimidad corporal, pero también espiritual. Son dos seres que se aman muy especialmente. Son dos corazones que a través de sus cuerpos tratan de expresarse lo más íntimo que hay en ellos. Ellos quieren amarse usando el cuerpo. Ellos deben comprender que sus cuerpos van a irradiar lo que son ellos en su interior. Cada uno da lo que tiene. Cada uno expresa con su cuerpo lo que es. Y por eso, ellos deben ser vehículos del amor en sus cuerpos. Sus cuerpos no pueden expresar sólo lo propio del cuerpo: la carne, lo carnal. Sus cuerpos deben expresar lo propio de sus almas: el amor. Esto es lo más difícil en una relación sexual, porque muchos se quedan sólo en el deseo carnal, pero no entienden que el amor es lo primero en la carne. La carne es para el amor, para que lleve el amor hacia la otra parte. La carne manifiesta el amor de Dios cuando esa carne es regida por una inteligencia que la lleva hacia la verdad de la relación sexual.

El Amor es tan poderoso que no se queda en un mero disfrute carnal, sino que sabe sacar provecho de ese disfrute para engendrar en la otra persona lo propio del amor: el goce, la alegría espiritual. Si hombre y mujer en sus relaciones sexuales no son capaces de llegar a esto, es que les falta mucho en el camino del amor. Se han quedado sólo en la carne y en poco más. No han sabido comprender el sexo, el valor del sexo para irradiar el amor. El sexo no sólo irradia carne, sino da espíritu. Pero este dar el espíritu en la carne es propio de personas que saben trabajar el sexo en la verdad. Y así llegan a la plenitud de la felicidad en sus encuentros porque experimentan el amor en la carne. Cosa que sólo la persona espiritual puede hacer. Las personas carnales no saben de esto que se está hablando. Pero quien vive el Espíritu, entonces todo lo toma, incluso lo canal, como cosa espiritual y lleva la carne a la verdad del amor.

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