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El deseo del hijo

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La mujer es amor en su corazón y da al hombre la obra de este amor. Pero la mujer debe conocer lo que hay en su corazón para poder darlo al hombre de forma correcta, en el camino que el mismo amor pone en la mujer.

La verdad de una mujer sólo está en la mujer. Ningún hombre ha sabido nunca comprender una mujer, porque sólo ve a la mujer como algo que hay que sacar algún provecho en la vida, pero no como la que da la vida al hombre, como la que hace caminar al hombre.

Cuando el hombre no ofrece a la mujer algo serio en la vida, sino que se queda en un proyecto de vida humana con ella, el hombre sabrá dar a la mujer lo que humanamente necesita ella, pero nunca dará lo que la mujer quiere en su corazón.

La mujer, en la vida, debe mirar su corazón para buscar al hombre de su vida. No tiene que buscar lo humano del hombre, ni su inteligencia, ni su trabajo, ni su dinero, ni su posición social, etc. Si hace eso, siempre se va a equivocar de hombre. No tiene que elegir un hombre para tener una familia, para crear una descendencia. Debe elegir al hombre que su corazón le pide.

La mujer, en su corazón, ve al hombre de una forma diferente a como un hombre ve una mujer.

Un hombre ve una mujer como una conquista de su placer. No la ve de otra forma. Y, en esa conquista, el hombre quiere de la mujer muchas cosas. Quiere hijos con ella, quiere una vida con ella, quiere unas metas humanas con ella, etc. Esto es lo que todo hombre se plantea a la hora de buscar a una mujer. Primero: su placer de hombre en ella; después, que esa mujer le sirva para algo para su vida de hombre. Y así da a la mujer, un dinero, un trabajo, un estado social, un poder, una fama, unos hijos, etc.

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Pero la mujer no ve así la vida con un hombre. La mujer quiere a un hombre para su vida de mujer, para la vida cómo ella la entiende. Y sí, ella quiere cosas en la vida: quiere dinero, quiere trabajo, quiere posición social, quiere hijos, pero no quiere eso como una conquista, sino como un camino en la vida. No como una meta, sino como un medio para algo más en la vida.

El hombre se contenta con tener hijos como fin en su vida. Si los tiene, ya está contento y ya se ha realizado en la vida. Y así nunca podrá amar a sus hijos, porque los ve como una conquista de su sexo, como algo inevitable que llega si está con una mujer. Pero nunca los desea, porque el hombre vive del deseo del placer, no vive del deseo de un hijo. Un hombre, cuando está con una mujer, no desea tener un hijo de ella, sólo desea el rato de cama con ella. Y si viene el hijo, entonces él verá lo que hacer con la mujer y el hijo que viene.

Pero la mujer, cuando está con un hombre, se plantea el deseo del hijo. No sólo está fija en el deseo del placer con ese hombre. Porque su sexo está hecho para algo más que placer, que una vida placentera. Y esa vida es distinta a un rato de cama, y tiene consecuencias que el placer desconoce. Por eso, la mujer desea el hijo en el deseo del placer. Tiene esos dos deseos al mismo tiempo cuando está con un hombre. Y sabe medirlos en su ser de mujer.

Por eso, si un hombre no quiere un hijo de la mujer con la que está en la cama, es un hombre que no le sirve a la mujer. Es un hombre que impone a la mujer lo que la mujer da: el hijo. Y le impone el tenerlo o el no tenerlo, y de la forma como al hombre quiera tenerlo o no tenerlo. Y eso va contra lo que es el ser de la mujer. Una mujer que sabe lo que es en su ser, sabe dirigir al hombre de su vida hacia el hijo que ella quiere. Y le hace desear a ese hombre ese hijo, que en su corazón, quiere. Y no ve en las demás cosas de la vida una razón para tener un hijo. Sólo ve su corazón y sigue el deseo de su corazón para tener el hijo con ese hombre.

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Es la mujer la que decide el hijo, no es el hombre, no son las circunstancias de la vida, la economía, la cultura, los problemas de la vida los que deciden el hijo. Es el corazón de la mujer la que decide el hijo. Pero muchas mujeres, al actuar como los hombres en la cama, se encuentran con un hijo no deseado por ellas, porque viven sólo como vive el hombre: en su deseo del placer, y no atienden al deseo del amor, al deseo del hijo, que siempre está en ellas, por ser mujer.

Una mujer no puede vivir su realidad sexual como la vive un hombre. Una mujer tiene que obrar en el sexo de forma diferente a como lo hace el hombre. Porque su sexo le pide otra cosa que un mero placer, que un rato de cama, que una vida de placeres. Ni aun la mujer prostituta está en una cama con un hombre por placer, sino por algo más que placer. Aguanta el placer del hombre, pero quiere de él otra cosa: ya su dinero, ya su poder, etc. La mujer, cuando se dedica a obrar su sexo, tiene otras miras que no posee el hombre. Busca otra cosa que el hombre no busca cuando hace el amor a una mujer.

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Por eso, el hombre que no atiende a conocer lo que es el corazón de una mujer, sino que se dedica sólo a derramar su semen en ella, es un hombre que no le sirve a ninguna mujer. Es un hombre sólo para su deseo de placer, pero no es un hombre con el que se pueda hacer una vida, con el que se inicie un camino diferente en la vida. La vida de mujer no es para dar satisfacción a los deseos carnales de los hombres. La vida de toda mujer es para hacer del hombre el sentido de su vida de mujer, y para obligar al hombre a salir de su egosimo, de su vida de hombre para que adquiera la verdadera vida en su sexo.

Son pocas las mujeres que miren su corazón y, por tanto, son pocas las mujeres que eligen al hombre indicado para su vida sexual de mujer. Son muchas las que se conforman con cualquier hombre y, en consecuencia, son muchas las que se esclavizan a la vida de cualquier hombre.

La mujer no vive para un hombre. Es el hombre el que tiene que vivir la vida de la mujer, tal como ella la entiende en su corazón.

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