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Lujuria

La lujuria es el pecado del hombre y de la mujer. Nacen con él y viven para ese pecado.

Los hombres no saben discernir entre el deseo carnal y la lujuria. Por eso, en toda relación sexual hay lujuria, hay un desorden en ese acto, propio de la persona que no sabe medir la obra que está haciendo.

El hombre es lujurioso y no sabe no ser lujurioso. No sabe poner un camino para salir de su lujuria. No sabe obrar con su sexo sólo el deseo carnal. Siempre obra con lujuria.

Para salir de la lujuria, se necesita una Gracia especial de Dios. Sin esta Gracia, el hombre siempre actúa en el sexo movido por su lujuria.

La lujuria es desear el sexo opuesto más allá del deseo natural del cuerpo.

El cuerpo desea naturalmente otro cuerpo distinto al suyo. Por eso, la mujer desea al hombre y el hombre, a la mujer, de forma natural. Este deseo natural no es ningún mal en el hombre ni en la mujer. Lo quiere Dios para unir al hombre y a la mujer.

En este deseo natural hay una atracción de los sexos, un fijarse en el sexo del otro y un deseo de estar con esa persona sexualmente. Esto es lo natural del sexo.

Pero, tanto los hombres como las mujeres, en este deseo natural, van más allá de lo que dice este deseo. Y se desea el cuerpo del otro, pero automáticamente, viene el desorden en ese deseo. Ya se quiere sexo con esa persona con sólo la atracción de cuerpos. Eso no lo da el deseo natural. Eso lo da la lujuria del hombre y de la mujer.

Hombres y mujeres no saben pararse ante el deseo natural. Tienen la prisa de llevar a cabo, sea como sea, ese deseo natural.

Y el deseo natural hacia el otro tiene un orden, un camino. Pero el hombre quiere hacer su camino y, por tanto, lo que obra es un desorden para su sexo y para el sexo de la otra persona. Este desorden es la lujuria.

La lujuria es tan común que los hombres ni se dan cuenta que la poseen. Sólo ven su deseo de estar con la otra persona y lo ven como algo bueno, pero no saben discernir la maldad de su lujuria.

La lujuria es siempre un mal para la vida sexual de la persona. Porque se obliga al sexo propio, a la carne propia a obrar en contra de su deseo natural, siguiendo el deseo del hombre o el deseo de otra persona. Y, de esa manera, se obra una mentira en el sexo, no la verdad del sexo.

Los hombres que son lujuriosos en su vida sexual, hacen todo por esa lujuria, pero son incapaces de amar a la persona. La lujuria impide el amor, porque sólo se centra en el placer de la carne.

El sentir el placer del sexo es la constante de la vida lujuriosa. Todo se hace por el placer que da el sexo. Y, si no hay placer, no hay sexo. El sexo no sirve para otra cosa que para darse un placer en la vida. Pero no sirve para construir un matrimonio en la verdad de la vida.

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