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Pro Vida

Planificación natural Fecundación artificial

Dios es la Vida.

Y no es cualquier vida. Es el que crea la vida, toda vida. El que obra la vida, y obra en toda vida, ya en la vida de los ángeles, ya en la de los demonios, ya en las de los hombres, ya en la de los animales, ya en las de las plantas, ya en cualquier vida de la Creación.

Nadie puede vivir sin Dios. Es imposible.

El hombre es lo único que no posee: la vida, el control de la vida, la raíz de la vida. El hombre vive una vida, pero no sabe de dónde viene esa vida.

Tiene un cuerpo con una vida de su alma. Pero el cuerpo no funciona sin esa vida que le da su alma.

El hombre no puede dar vida a un cuerpo. No sabe. Sólo sabe vivir en un cuerpo, pero nada más.

El misterio de la vida sólo le pertenece a Dios, no a los hombres. Y resolver la vida según Dios es la obra de todo hombre que vive.

Por eso, en la cuestión sexual es necesario saber qué piensa Dios de la vida carnal y de la vida espiritual. Porque estas dos vidas están en el sexo. Y sin esas dos vidas, no se puede obrar en el sexo.

El sexo, para Dios, es una vida. No es un órgano del cuerpo. No es un placer que se busca por esos órganos, no es algo material de la vida humana o carnal del hombre.

El sexo es una vida. Y, tanto hombre como mujer, es lo que tienen en sus sexos.

El hombre posee en su sexo el germen de la vida, la semilla de la vida, lo que da lugar a la vida. Sin ese germen, no es posible la vida.

La mujer tiene en su sexo la obra de la vida, lo que hace crecer la vida, lo que da lugar a la vida.

Hombre y mujer son vida en sus sexos. No son otra cosa que vida. Y, por tanto, en el encuentro sexual, hombre y mujer deben dar vida, deben buscar la vida, deben ofrecerse la vida.

Esto es lo que no se hace cuando hombre y mujer tratan, por todos lo medios, de impedir la vida.

Y lo hacen porque no viven lo que son. Ni hombre ni mujer son lo que son cuando realizan el acto sexual sin atender a la vida que portan.

Hombre y mujer están destinados en Dios para dar la vida. Pero no la vida que ellos quieren. No la vida que ellos planifican. La vida que Dios quiere, la que Él planifica.

Y, cuando hombre y mujer, impiden la vida, entonces se produce en ellos un cambio en sus sexos. Porque el hombre desprecia dar su germen y la mujer desprecia su maternidad. Ni hombre ni mujer son ya lo que son en el pensamiento de Dios. Empiezan a ser otra cosa y destinan el sexo a otra cosa que Dios no quiere.

Por eso, el daño que hombre y mujer hacen de sus sexos es grandísimo y no saben medirlo como Dios lo mide.

Es fácil impedir la vida con medicamentos, abortos, etc. Eso el hombre lo tiene en su mano. Pero el hombre se mete en un mundo que no conoce y que no sabe medir con su inteligencia humana. El mundo de la muerte y, por tanto, el mundo de la destrucción del hombre y de la mujer.

Abortar, ponerse un condón, tomarse una pastilla, esterilizarse, no son cosas materiales o carnales o naturales. Son obras espirituales que traen consecuencias en la vida de los hombres. Y no cualquier consecuencia. No cualquier fruto. Es meter a la humanidad en el camino de la muerte, donde no está la vida.

Y la muerte, para Dios, no es sólo un cambio de estado de vida. Se pasa de vivir de una forma a vivir de otra. La muerte, para Dios, es la no vida. Es decir, las almas muertas, los demonios, viven sin vida. Viven para algo que no les da la vida. Viven sin ser ya lo que fueron cuando Dios los creó. Viven en la muerte y no pueden salir de esa muerte, porque ya no quieren vivir, sólo quieren morir.

El hombre y la mujer que planifican su actividad sexual según su mente humana y lo que la ciencia humana ofrece para eso, hacen de su actividad sexual un camino hacia la muerte, no hacia la vida. Y ya no viven, aunque sus cuerpos sigan viviendo, aunque sus almas sigan unidas a sus cuerpo. Ya no son capaces de salir de ese estado si Dios no les ayuda a salir de eso.

Abortar, tomar pastillas, etc., es elegir un camino sin retorno. Camino que. mientras se viva en este mundo, todavía hay una posibilidad de cambiar, porque Dios da su Misericordia a aquel que la pide. Pero es sin retorno para el hombre, porque el hombre siembra la muerte allá donde va. Y los frutos de la muerte, los frutos de lo que se siembra, no pueden ser vida, sino muerte.

Se aborta y, después de un tiempo, la pareja decide tener un hijo. Ese hijo que nace tiene el sello de la muerte, no de la vida. Porque el camino que se inicia en contra de la vida es sin retorno. Tiene consecuencias espirituales que los hombres no saben ver ni medir.

Por eso, no es cualquier cosa la planificación que los hombres hacen de la vida sexual.

Los hombres hacen eso y creen que hacen una cosa buena en la vida. Y quieren construir la vida más cómoda y más placentera. Y no ven que se meten en un mundo donde no hay salida. Sólo Dios sabe el camino para salir. Pero es un mundo tenebroso que destruye almas y cuerpos, porque eso es lo que el hombre siembra cuando impide la vida que Dios ha puesto en él.

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