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Aborto

La mujer que aborta es la mujer que se condena a sí misma en esa obra que hace.

El aborto no es cualquier obra en la vida. Es una obra que destruye dos vidas: la del hijo no nacido y la de la mujer.

El aborto se concibe como un bien para la vida de la mujer. Se aborta por muchos motivos. Pero hay uno solo, que es el común en todos ellos: la mujer desprecia su maternidad.

Ese desprecio le lleva a poner un motivo para abortar. La mujer ya no quiere ser madre. Quiere quitarse ese hijo, porque nunca lo deseó.

Este es el problema en toda mujer que recurre al aborto. Se aborta porque no se deseó al hijo. Toda mujer que desea un hijo nunca lo aborta, sino que lucha por ese hijo y lo tiene.

Pero la mujer que aborta no lucha por su hijo que ha concebido, porque nunca lo amó, nunca lo deseó. Tuvo un encuentro sexual y de ahí nació un hijo no deseado. No fue a ese encuentro sexual con el amor, con el deseo del amor, sino con el placer, con el deseo carnal. Y ahí se quedó, en ese deseo carnal. Y el fruto de la carne es siempre carne, no es espíritu. Y como no supo amar espiritualmente a ese hombre, tampoco sabe amar el fruto de esa unión. Y donde no está el amor, queda el odio. Por eso, el aborto.

El aborto, nada más que es, el odio contra el hijo engendrado. Odio que nace del deseo carnal. Porque lo que nace del deseo del amor nunca lleva a la destrucción de la vida, sino a la conservación de la vida.

Pero si se vive carnalmente entonces se obra para la carne. Y la carne no quiere un hijo, quiere el placer de la vida, el placer del sexo. Y no busca otra cosa que ese placer.

Por eso, el aborto es un acontecimiento que destruye corazones y vidas. La mujer, después de abortar, queda rota en su vida humana, en su vida sexual y en su vida espiritual. Ya no sabe vivir. Ya no encuentra paz en lo que hace. Ya se perdió el amor en todas las cosas de la vida.

Vive una oscuridad en su vida. Vive temerosa de todo. Vive sin norte. Vive para nada porque se dedicó a matar una vida que Dios le dió, aunque no se lo merecía, porque no fue al encuentro sexual por amor, sino por placer.

La mujer que vive un aborto, vive un infierno toda su vida. No encuentra un reposo a su vida. Y no puede tenerlo, porque rompió su ser de mujer en aras de su concupiscencia.

Una mujer que aborta concibe su vida para matar, no para dar vida. El odio cierra su corazón al amor y vive obrando lo propio del odio: que es la destrucción.

Y el que odia, al final hace de su vida una constante necesidad de matar, de aniquilar, de ser en la vida un instrumento para la muerte.

Porque, al final, en eso se convierte la mujer que aborta: instrumento para dar muerte, para obrar la muerte, para ser muerte.

La mujer que aborta ya no es mujer en su vida sexual. Realiza el sexo como otra cualquiera, pero ya no sabe vivir el amor en el sexo. Ya no vive para dar el amor, sino para dar la muerte en la unión sexual.

La mujer que aborta recibe en su ser un espíritu de muerte que la lleva a una vida absurda y para el odio. Un espíritu que traza un camino de condenación y de alejamiento de Dios. Y se necesita una gracia de Dios para salir de ese camino de muerte.

La mujer que aborta ve a Dios como un mal en su vida. Le dio un hijo y no vio la bendición de Dios en ese hijo. Luego, va a concebir la vida como una maldad, no como una bendición. Ya Dios no es el que da bienes, sino males. Y todo le sale mal en la vida. Los caminos se cierran a la verdad. Las puertas quedan sin abrirse y todo se ve como malo en la vida. Ya Dios no es el bien y el que da el bien, sino el mal y todo mal.

Dios deja en la justicia a la mujer que aborta para que aprenda lo que es el amor de Dios que se da y que se desprecia. El hombre nunca sabe valorar el amor que Dios da. Y la mujer que aborta ha despreciado el don de Dios sobre su maternidad por querer seguir sus ideas en la vida y planificar su vida como algo suyo, no como algo venido de Dios.

Gravísimo pecado el del aborto del cual se tardan en salir y en expiar de forma conveniente. Esta vida no es suficiente para expiar el pecado de aborto. Y se necesita algo más que oración y penitencia para saldar ese pecado.

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