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Píldoras

La mujer, en su sexo, está hecha por Dios para obrar la vida. Y, de esa forma, la mujer se hace mujer.

Y cuando la mujer usa la ciencia humana para no obrar la vida, entonces deja de ser mujer para Dios y se convierte en otra cosa.

La píldora que impide la vida en la vagina de la mujer es un instrumento para la muerte, para engendrar la muerte.

Las consecuencias para la mujer son nefastas, porque ella misma se cierra al amor.

El hombre, cuando usa el condón, se queda en su placer y vive para su placer. Pero la mujer, al usar la píldora, se cierra al amor y vive de espaldas al amor. Y, por tanto, no va a poder poner un camino al hombre hacia el amor, sino que lo va a dejar en sus placeres carnales.

La mujer que impide la obra del amor en su vagina, hace de su vagina su propia casa. Usa su vagina para lo que quiera y define su vida sexual como le parece.

Muchas mujeres se hacen prostitutas porque la píldora es el camino para esa vida. Y no hay que estar en la calle para ser prostituta. En la vida social, en la vida de cada día, la mujer, que usa la píldora, es una prostitua que ejerce su oficio para la muerte.

La mujer no ve su maldad al usar la píldora. Es sólo una pastilla que se toma y ya. Y es algo más una simple pastilla. Es poner en la vida el camino para cualquier amor, para cualquier vida, para cualquier mentira.

Eso es lo que viven muchas mujeres: no viven obrando el amor con sus hombres, sino el odio con ellos.

Es fácil planificar una vida humana desde la píldora. Es sencillísimo. Lo hacen las mijeres de la calle. Pero ellas lo hacen por la necesidad de la vida, no por maldad. Porque no han conocido el amor y no saben obrar de otra manera sino usando su vagina para otra cosa que no es el amor.

Pero en muchas mujeres que usan la píldora se da la malicia, porque conocen el amor y no son capaces de seguirlo, sino de planear y de obrar en sus vidas como lo hacen por sólo su interés personal. Ya no son mujeres que se dan a su maternidad. Son mujeres que se dan a su vagina como si fuera el centro de sus vidas.

Y el centro de la mujer es su maternidad. Quitada ésta, desaparece lo que es la mujer. La mujer queda otra cosa y vive para esa cosa, pero se hace incapaz de amar y de obrar el amor.

Las familias se rompen por la mujer, porque la mujer no sabe vivir lo que es en su vida sexual. Sólo vive un absurdo y obra ese absurdo en todo.

Muchos hombres son mujeriegos porque existe la mujer que sólo vive para su vagina, no para su maternidad. Y esos hombres ven a las mujeres sólo como un goce en la vida, no como una camino hacia la verdad de la vida. Porque esas mujeres no viven la verdad en su vida sexual. Luego, no pueden dar ninguna verdad a ningún hombre.

El mal de la mujer hoy día es que no quiere ser mujer. Por eso, hace de todo para despreciar su maternidad, que es lo que define su ser de mujer.

La mujer es para ser madre, no para ser otra cosa en la vida humana. Si la mujer no alcanza esta meta y la impide de muchas maneras, entonces va en contra de su misma naturaleza de mujer y obre de acuerdo a eso que vive en ella.

Ya no es capaz de engendrar la vida, sino la muerte. Ya la relación sexual es para la muerte. Ya al hombre se le concibe como un instrumento que sólo sirve para un rato de placer, pero que no sirve para construir una vida.

La vida se funda en el amor, no en el placer. Pero si la mujer impide el amor, entonces la vida tiene un sólo fundamento: el odio. Y la obra del odio es la desturción de todo bien.

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