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La verdad de la vagina

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La mujer, en la cama, debe poseer al hombre.

Y debe hacerlo dando al hombre la capacidad de ser como ella en su vagina.

La mujer, en su vagina, es dominio, no es sumisión. Es el dominio de su amor lujurioso sobre el placer lujurioso del hombre.

La mujer, cuando se mueve por su amor lujurioso no quiere el placer que el hombre le da, sino que busca en el hombre su propio placer, el de su vagina.

Y, por tanto, no le interesa el placer del pene en su vagina. Quiere que el pene se mueva en su vagina, no para darle placer, sino para buscar un placer.

La búsqueda de un placer es lo que caracteriza a la vagina. La vagina no se contenta con el placer que el pene le da. Ese placer es el que hombre produce con su trabajo en la vagina. Pero la vagina quiere producir su propio placer.

Este placer vaginal no es fácil de encontrar, porque se necesita un hombre que no busque su propio placer lujurioso. Un hombre que permanezca inactivo mientras la mujer cabalga en su pene.

La mujer, cuando toma el pene como su motor en el sexo, lo conduce hacia el placer vaginal.

El hombre no se mueve en ese acto de la vagina. La mujer sube y baja en la escalera del pene y lo mueve a su gusto, tocando sus paredes vaginales y produciendo en su vagina un calor propio de la mujer.

El hombre se siente, de esta manera, poseído por la mujer, dominado por ella. Y, cuanto menos haga el hombre, más comprenderá lo que hace la vagina en su pene.

El pene siente el movimiento propio de su sexo, pero no se mueve. Es un movimiento que le da la vagina. No es el movimiento del pene. Esto causa mayor placer en el hombre, porque sin hacer nada tiene un placer en su pene distinto, un placer que no viene de su trabajo en la vagina, sino del trabajo de la vagina en su pene.

Si el hombre aprovecha este tiempo para fijarse en su pene solamente, descubrirá un placer en su prepucio. Porque la vagina lo mueve y estira su piel en el pene. Ese estiramiento produce un calor en la punta del pene, que el hombre no siente cuando él trabaja la vagina. Ese calor de su prepucio es el calor de su poder en el pene.

El pene, cuando se estira, adquiere una fuerza propia del pene. El pene está duro. Y esa dureza tiene sus grados. Depende del esfuerzo del pene por estar en la dureza, así será su placer en la dureza.

Cuando el pene trabaja la vagina, el pene tiene un grado de dureza, pero no alcanza el máximo placer en esa dureza. Porque el pene está en un trabajo vaginal, no está en su placer lujurioso.

Pero cuando la vagina trabaja al pene, entonces el hombre siente su pene duro, pero con un grado de dureza mayor, debido al roce de las paredes de la vagina en la punta del pene. En esa punta se da un calor por el placer lujurioso del pene. Y ese calor se debe a su dureza máxima que el pene alcanza en la vagina. Esa dureza sólo se puede alcanzar de esta forma, cuando el hombre está inactivo en la relación sexual.

La mujer sube y baja por el pene, pero no se queda ahí. Lo va moviendo de un lado a otro. Lo lleva hacia atrás y hacia delante. Juega con el pene con el fin de buscar el placer vaginal.

Los huevos del hombre quedan sueltos, pero duros, cuando la vagina cabalga en el hombre.

Cuando el hombre trabaja a la mujer, sus huevos no llegan a la dureza, porque el hombre está sólo en el placer de su lujuria, no está en el placer de la vagina. Cuando se da placer a alguien, la mente no está fija en lo que se está haciendo, sino en lo que se da. Pero cuando se recibe el placer de otro, la mente está fija en lo que se recibe y eso produce la dureza de los huevos.

Esta dureza de los huevos produce en el hombre una sensación de plenitud en el placer. Al hombre le gusta esta dureza porque se siente hombre en la mujer, se siente que su hombría esta siendo usada por la mujer, que su sexo sirve para algo en la mujer.

Sus huevos, en esta dureza, comienzan a abrirse al placer. Es una apertura que el hombre puede sentir con paz, porque no hace nada en la relación sexual. Cuando el hombre trabaja la vagina, casi no se da cuenta de que sus huevos se abren al placer y no sabe experimentar ese placer en los huevos.

Pero cuando el hombre está inactivo, experimenta ese placer y vive ese placer, mientras la mujer sigue cabalgando en su sexo. La mujer trabaja buscando un placer, pero ya el hombre experimenta un placer nuevo en la vagina.

Cuando los huevos se endurecen, la mujer debe sentarse en ellos. Debe bajar por el pene hasta los huevos y tomarlos como asiento. En esa posición, la mujer con su mano acaricia los huevos y los masturba en ella.

Esta masturbación, con el pene hasta el fondo de su vagina, inmóvil el hombre, sin poder hacer nada, es el dominio de la mujer sobre el hombre. La mujer, en esa masturbación, sentirá la dureza propia de los huevos y producirá un placer en los huevos que hará que el hombre quiera moverse en ella.

El hombre sentirá el deseo de seguir ese placer que la mujer le da en esa masturbación, pero la mujer no lo permitirá, para no hacer que el hombre derrame su semen antes de tiempo. El hombre debe quedarse sin hacer nada mientras la mujer lo masturba de esta manera.

Ese placer producirá en la punta de su pene la señal del derrame del semen. La mujer debe parar en la masturbación para subir por el pene y quedarse arriba mientras el placer del hombre se apacigua.

Una vez que el sexo del hombre vuelve a un estado de tranquilidad, no de derrame, la mujer debe seguir subiendo y bajando por el pene hasta conseguir su placer vaginal.

Cuando la mujer sienta su placer vaginal, entonces es cuando debe pedir al hombre que la trabaje en su vagina con su pene. En el trabajo del pene, la mujer llega a su orgasmo y el hombre derrama su semen dentro de la vagina.

Esta es la manera natural de llegar al orgasmo en la mujer. Esta es la verdad de la vagina.

Por eso, la mujer debe en una relación sexual ser la que mande, la que decida, la que diga al hombre que tiene que hacer y qué no tiene que hacer.

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