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Dominio de la mujer

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La mujer es la que obra en todo hombre la verdad de su sexo. Un hombre no sabe comprender para qué es su sexo sino es dirigido en todo por los deseos de la mujer.

La mujer es la que decide siempre una relación. Nunca son los deseos del hombre, porque esos deseos son siempre ciegos y no saben guiar nada.

La mujer, para elegir al hombre de su vida, sólo debe hacer caso a sus deseos de mujer. No debe atender a los deseos del hombre, porque estos deseos siempre están en el hombre. Sin embargo, el deseo de la mujer no es como el deseo del hombre.

El hombre desea a la mujer para un rato de cama. No ve más allá el hombre en su deseo. Pero la mujer desea al hombre para algo más. Pero cuando la mujer no sabe para qué más le sirve ese hombre que la desea, entonces no debe hace nada con él. Debe hacerlo esperar. Debe decirle un no a su deseo de hombre. Si la mujer no hace esto cuando el hombre la desea, la mujer acaba esclava de los deseos del hombre y no puede dirigir esa relación.

Es la mujer la que siempre debe hacer esperar a un hombre. No debe precipitarse con él, porque el hombre no va a cambiar su deseo. Una vez que desea a una mujer, la desea siempre, aunque nunca haga nada con ella. El hombre es muy simple en su deseo: desea a una mujer y hace lo que sea para conquistarla.

La mujer, en su no al hombre, ejerce su dominio sobre el hombre. Pone un dique al deseo del hombre y dirige ese deseo hacia lo que la mujer quiere.

En el deseo del hombre, la mujer también siente el deseo, pero para ella un hombre es algo más que un deseo carnal. Un hombre supone un motivo para su ser de mujer, una entrega a alguien que no sólo da una carne, sino una vida. Pero la mujer, antes de entregarse a un hombre, a sus deseos de hombre, tiene que ver lo que es ese hombre. Y no es fácil, para la mujer, descubrir lo que en realidad esconde ese hombre en su interior.

Si la mujer comienza una relación con un no al deseo del hombre, entonces está en camino para comprender la verdad de ese hombre. Y hasta que no entienda qué quiere ese hombre con ella, la mujer debe seguir negándose al hombre, porque en la mujer está el deseo del amor, no sólo el deseo del placer.

El hombre vive para su deseo carnal, pero no sabe obrar el amor en una mujer. No desea amar a una mujer, sólo desea un poco de placer. Y a eso, el hombre lo llama amor, pero no es amor. Porque amar no es dar placer, sino que amar es comprender lo que una persona es para dárselo. Y el hombre, con frecuencia, no ha comporendido lo que es una mujer cuando le presenta su deseo carnal. Sólo quiere satisfacer su institno animal con esa mujer, pero no sabe amarla, no sabe darle lo que la mujer quiere.

Es la mujer la que debe enseñar al hombre lo que ella quiere que él le dé. Y entonces el hombre comienza a amar a esa mujer. Y la relación sexual, el deseo carnal, tiene el sentido del amor.

Pero muchas mujeres acceden a los deseos del hombre sin antes dominar ese deseo. Y así nunca el hombre va a aprender a amar a una mujer. Siempre se moverá hacia ella impulsado por su instinto animal, pero no por amor.

Hoy las mujeres, al querer ser como los hombres en la cama, terminan esclavizadas a los deseos carnales del hombre y no saben poner un camino al deseo del hombre.

Para eso es la mujer, para enderezar al hombre en su placer. Para que el hombre dé su placer a la mujer sólo cuando la mujer quiere. No hay otra forma de dominar a un hombre que el de decirle cuándo no puede hacerlo y cuándo debe hacerlo.

La mujer, por temor a perder al hombre, a que ese hombre se vaya con otra, entonces accede pronto a los deseos del hombre y no sabe ejercer su dominio sobre él. Nunca una mujer perderá a un hombre por negarle la cama. Al revés, la mujer pierde a un hombre por dejarle desde el primer momento satisfacer su deseo de hombre. El hombre, una vez que ha cumplido su deseo, busca otra cosa, busca una mujer distinta. Porque así se mueven los hombres: sólo en su placer, buscando su placer. Y, una vez que han conseguido el placer que ellos esperaban en una mujer, van hacia otra, para cumplir su deseo carnal. El hombre no sabe pararse en una mujer. Tiene que tener muchas mujeres, hasta que encuentra la que sabe dominar su sexo.

Una mujer que no sabe dominar el sexo del hombre, entonces no sabe lo que es un hombre en su sexo. El hombre, en su sexo, es algo cerrado, incapaz de dar a una mujer ni siquiera algo material. Sólo le interesa su deseo carnal y no sale de ahí. La mujer tiene que descubrir al hombre otros horizontes distintos al deseo carnal. Si no hace eso, pierde a ese hombre.

Si la mujer no pone una meta al deseo carnal del placer, a su placer de hombre, nunca va a dirigir al hombre hacia la verdad de su vida. Cuando la mujer se comporta como el hombre en su deseo carnal, se cierra, como el hombre está cerrado, a algo más en la vida.

La vida es algo más que un rato de cama, algo más que la experiencia de la carne. La carne no vale para nada. Sólo el amor da sentido al placer de la carne. Y ese amor debe ponerlo la mujer, debe indicar el camino al placer del hombre.

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